26 de marzo de 2011

Identidad de un pueblo II1


Dadas las definiciones en la primera entrada acerca del tema, se tienen los pequeños resultados siguientes.

Toda persona q que haya nacido y vivido por lo menos diez años en el territorio mexicano es mexicana. En efecto, si V(q) es el conjunto de todas las vivencias de q, entonces V(q) ⊇México[q]; por lo tanto, q es mexicana.

Si q es un extranjero y q conoce a una persona p que haya nacido y vivido por lo menos diez años en el territorio mexicano, entonces q es mexicano. En efecto, si V(q) es el conjunto de todas las vivencias de q y V(p) las de p, entonces

V(q) ⊇V(q)∩ V(p)⊇México[p]

por lo tanto, q es mexicano, incluso si México[p]=∅.

Este resultado hace pensar que hay que hacer por lo menos una corrección a la definición de ser mexicano: hay que pedir que México[p] en la definición de ser mexicano de la primera entrada sobre el tema, sea distinto del vacío. La definición quedaría como sigue:

Definición. Se dice que alguien es mexicano si su conjunto de vivencias contiene a algún México[p] no vacío para alguna persona p que haya nacido en el territorio mexicano y haya vivido por lo menos diez años en él.

¿Qué pasa si q es un extranjero y conoce a un mexicano r? (De ahora en adelante, denotaremos al conjunto de vivencias de una persona p cualquiera como V(p)). Si q es extranjero y conoce un mexicano r entonces

V(q) ⊇V(q)∩V(r)   y   V(r)⊇México[p]≠∅

para alguna persona p que haya nacido y vivido por lo menos diez años en el territorio mexicano. Esto nos dice que q no necesariamente es mexicano. Es decir, no basta conocer a un mexicano para ser mexicano, pero sí si este ha nacido y vivido por lo menos diez años en el territorio mexicano.

Los dos resultados anteriores motivan las siguientes dos definiciones.

Definición. Se dice que p es mexicano de raíz si ha nacido y vivido por lo menos diez años en el territorio mexicano. Se dice que p es mexicano por contacto si p conoce a un mexicano de raíz.

Entonces los gringos hijos de mexicanos de raíz son mexicanos por contacto.

Si un mexicano de raíz p viviera en otro país y conviviera con pocos mexicanos de raíz, o ninguno, podría ocurrir que México[p] se haga muy pequeño, o incluso vacío, y en tal caso dejaría de ser mexicano (nótese, sin embargo, que no dejaría de ser mexicano de raíz). Si p conviviera con muchos mexicanos de raíz, sería menos factible que ocurriera que México[p] se hiciera vacío.

Notemos que con la nueva definición, si p ha nacido y vivido por lo menos diez años en el territorio mexicano, p no necesariamente es mexicano (podría ir perdiendo su mexicanidad si viviera en el extranjero y conviviera con pocos mexicanos de raíz o no conviviera con ninguno).

Se me ocurre que una manera de medir la mexicanidad, tanto en mexicanos por contacto como en mexicanos de raíz (o en cualquier persona), sería mediante el siguiente concepto.

Definición. Dado un individuo q, se dirá que q es mexicano de grado n (o tiene mexicanidad de grado n) si existen a lo más p1,...,pn mexicanos de raíz tales que

V(q)⊇México[pi]≠∅ para todo 1≤in.

Así que un mexicano por contacto podría ser uno de grado 1 si es algún extranjero, por ejemplo, que conoció, durante varios días o meses, a un solo mexicano de raíz también mexicano...

Creo que, con las definiciones, van quedando más claros los matices de la identidad de un pueblo.

1Viene de acá y sigue por aquí.

23 de marzo de 2011

Sin rumbo (fragmento v)1


Nuevamente el asfalto se transformó, junto con todo alrededor. Nos encontramos otra vez con Océano, y nos dijo que nos habíamos perdido a causa de una tormenta somatosíquica. Tomamos el rumbo de nuevo, y finalmente llegamos a nuestro destino. Todo el paisaje era rocas de esmeralda; algunas se levantaban como espigas, y tan apretadas, que todo era un gigantesco bosque de peñascos. Se podían ver pequeñas fogatas en las partes más altas de algunos de ellos. Océano me dijo: Aquí vas a encontrar árboles que caminan y rocas que emanan ámbar. Me gustaba ese lugar. Océano se despidió de nosotros; el pastor y yo seguimos por un sendero apenas visible a través de pasajes con paredes verdes y traslúcidas; era como caminar a través de un mar petrificado. Llegamos a un pueblo que se llamaba Puente Rojo, y, efectivamente, la gente hablaba con la nariz. El pueblo tenía una escuela, una biblioteca, un supermercado, una farmacia, un videoclub, una gasolinera, dos canchas de beisbol, dos puentes, dos bares, una iglesia, un cementerio, un banco, un centro para jóvenes, un centro deportivo con únicamente una pista cubierta de papel donde dos equipos solían contender por los cortes más extravagantes sobre la pista y un teatro-restaurán que había sido un molino. No tenía cine. Todas las personas eran de colores claros: amarillo claro, rosado claro, azul claro, verde claro... Había una sola de un color oscuro: café; era un muchacho, tal vez de 17 o 18 años. Era serio, retraído, taciturno... pero no melancólico, ni contento, tenso. Él, como yo, tampoco era de ahí. Había llegado hacía poco. Las personas que hablaban con la nariz eran amables, festivas pero organizadas, y convidadoras. Al muchacho siempre le convidaban todo tipo de cosas, y lo invitaban a muchos lados: a uno de los dos bares para bailar todos animados, o beber de la misma manera; a un burdel de mujeres grotescas y fosforescentes; a jugar videojuegos todo el día; bucear en la alberca de la única escuela; jugar básquetbol en la única cancha de la única escuela; degustar cervezas locales con un chocante sabor a mostaza; deslizarse sobre el papel que cubría una montaña de por ahí; o simplemente a caminar por el bosque peñascoso. A mí también me invitaban todo tipo de cosas, y a muchos lados. Me gustó ir a esa cena familiar donde comieron algo parecido al pozole y cantaron canciones en que se contestaba a coro a quien llevaba la canción. En esa cena, alguien me dijo que antes bailaban, pero que ya no lo hacían porque quienes animaban todo, ya estaban muy viejos. Yo quise bailar, con una mujer sólo un poco más joven que yo, de caderas que me alegraban y nalgas intensamente redondas... El muchacho vivía en el sótano de la casa de una mujer sesentañera, dueña de una perra dorada y un gato-nube listo para descargar toda su lluvia contenida (aunque nunca lo hizo; yo creo que le daba miedo quedar desparramado por el piso y evaporarse, o escurrirse por entre los insterticios de la duela y quedar atrapado en el plafón del sótano; a mí me daría miedo que eso me pasara). La sesentañera siempre le ofrecía, al final de la comida, pastel de plátano con helado o panquecitos de árandano azul, aunque ya tuvieran pelillos verdes en lo abombadito. El muchacho se levantaba temprano para ir a San Raymundo, porque ahí estaba su escuela, donde se enamoró de una muchacha-gato que sabía hablar con la garganta. Era la primera vez que una mujer le correspondía. Casi todos los días le hablaba desde un teléfono público; no lo hacía desde la casa porque una vez llegó tan borracho a la casa de la sesentañera, que ésta, al día siguiente, le dijo con una voz bastante exasperada: ¡Aquí no es un hotel, donde sólo vienes a comer y a dormir! Estaba tan borracho, que vomitó en la alfombra e intentó orinar también ahí. Yo nunca conocí a la sesentañera más que de vista. A quien sí conocí fue a uno de sus hijos, a Caliel... ¿No te recuerda a alguien ese nombre?... El muchacho tuvo que volver al lugar de donde había venido; pero no por la borrachera, sino porque él era de otro país y ya no podía permancer más ahí. La última vez que vio a la muchacha-gato fue extraño, porque no fue una despedida efusiva ni llena de llanto: sin decir más que adiós, ella se bajó del vehículo donde los llevaban; él se quedó mudo; todo el trayecto hasta la casa de la sesentañera, y durante toda su vida, siguió pensando en ella, a modo de movimiento oscilatorio amortiguado. Yo sentí un nudo en la garganta que comenzó a hacerse más intenso cada vez, hasta que ya no pude respirar, y otra vez, todo enmudeció y se oscureció. Volví en mí; estaba acostado en la banqueta, en posición fetal, con un ardor horrible en la garganta, y con un dolor de vacío en el pecho, justo debajo del esternón y las costillas más bajas. Mientras me levantaba, me acordé de la primera mujer de la que me había enamorado, una chica belga, de Louvain-la-Neuve.

1Sin rumbo (fragmento iv). Sin rumbo (fragmento vi).

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Enrique Ruiz Hernández

22 de marzo de 2011

Sin rumbo (fragmento iv)1


Me animé finalmente a interrumpir su distracción en la calle y le pregunté: ¿Dónde está el bote? Él volteó, pero regresó a distraerse en la calle. Empecé a caminar hacia él, lo pasé y seguí: ya comenzaba a tener hambre. He de haber caminado unas diez cuadras hasta que encontré un lugar barato para comer; era un lugar de comida corrida. Me senté en una de las mesas que daban a la calle: no quería que las miradas se me clavaran mientras me dirigía a una mesa de más adentro. Me atendió una mesera morenita de unos 16 años; era muy agradable de ver: labios gruesos, mejillas llenitas, piernas y nalgas también, y senos chiquitos. No era delgada pero tampoco gorda. No sonreía al atender, era seria, muy concentrada en su trabajo. A mí me gusta que me atiendan así: sin que se concentren en mi persona; que sólo estén atentos a lo que digo y no a mi rostro o gestos o ademanes: sólo a los platos que elijo. En este caso me gustó que me atendiera así, no sólo porque no me incomodaba, sino porque, además, podía contemplarla sin que se diera cuenta o pensara que me gustaba: sólo quería mirar. Mientras me servía, o a otros clientes, la observaba: veía cómo se ponía de puntitas para alcanzar algún platillo que le pasaba el cocinero por encima de una barra con anaqueles; cómo estaba vestida; cómo parecía que no rompía un plato pero era capaz de vociferar con firmeza lo que pedían los comensales; veía su perfil entero al caminar; su boca, que asemejaba un beso al aire; sus mejillas, que eran como las de un bebé, y su contrastante adultez incipiente. Justo cuando dejé la propina y me di media vuelta para salir, me encontré con el pastor alemán. Estaba sentado, muy tranquilo, mirándome. Cuando llegué a él, se levantó y se puso a caminar. Yo lo seguí. Me llevó al bote, y nos subimos.

1Sin rumbo (fragmento iii) y Sin rumbo (fragmento v)

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Enrique Ruiz Hernández

19 de marzo de 2011

Doppelgänger ad infinitum


Tarski estaba en la oficina de su casa detallando el esbozo de la demostración de la famosa paradoja que el día anterior había discutido con Banach cuando escuchó, desde la recámara, un quejido como los que suele hacer cuando se golpea el dedo chiquito del pie contra el borde de su cama de madera. Se puso de pie, a la vez que se le presentó una imagen vívida pero fugaz de que miraba su cama y su mano sobre ella. Quedó muy confundido por un instante, así que, por un rato, permaneció quieto, con la mirada fija al piso, hasta que, con pasos sigilosos, continuó su camino hacia su cuarto. Otra vez, vino a su mente una imagen vívida y fugaz, pero en esta ocasión podía ver sus propias manos sacarle los zapatos. Luego otra: veía sus pies y sus manos que los masajeaban, del mismo modo que lo hace cada vez que se saca los zapatos, pero ahora también se le presentaba la sensación de sentir sus dedos de los pies entre sus manos. A pesar de la confusión, siguió su camino, con la mano derecha recargada sobre la pared del pasillo, quizá para no caer. Llegó a la habitación: con un rostro atónito miraba a un Tarski sin sombrero que reposaba en la cama. Asimismo miraba el otro Tarski a un Tarski boquiabierto, trajeado y con sombrero. A la imagen del Tarski en la cama se superpuso una imagen del Tarski ensombrerado en la mente del primero; luego una del Tarski en la cama, luego una de él de pie, en la cama, de pie, en la cama, de pie, en la cama, de pie, y así sucesivamente ad infinitum.
     Tarski, acomopañado por Tarski (el otro), residió, hasta la muerte, en un hospital psiquiátrico de Polonia, inmóvil, sin habla y con la mirada perdida. En la última visita que le hizo Stefan Banach, este le repitió las palabras de Platón: “El propio Dios geometriza”.


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Enrique Ruiz Hernández

8 de marzo de 2011

Oda al Ritalín


saqué la penúltima pastilla, la vi, y me dio tanto gusto que existiera,
es, es...
la pastilla tiene una división a la mitad, un lado dice A y otro B
pensé... en la frase que les digo
“es como el día y la noche”
antes del metilfedinato y después del metilfedinato
mi pastilla es un sol
es calor,
es vida...
es colores fluidos danzando en la periferia de mi vista al ritmo de los sonidos del ambiente
es el sabor intenso de un licuado de mamey
intenso...
es, es...
esa sensación de que mi cuerpo es lo único que existe,
una máquina perfecta afinándose mientras hago ejercicio
es la conexión con todos ustedes,
atenderlos cuando estoy, recordarlos cuando no
invocar su recuerdo
el metilfedinato es amor...
¡¡¡amo el ritalín!!!


Escrito por José Luis López López en una plática por el msn.

6 de marzo de 2011

Sobre la publicidad del lenguaje, argumento contra el solipsismo (o no tiene sentido ser solipsista VIII)


Con respecto a las entradas anteriores, en particular la última, la Esponjita dijo: “Lo que hay que probar primero es la publicidad del lenguaje... y segundo, que el público no sea simplemente una proyección mental”. Sin embargo, yo creo que basta con mostrar que las nociones de mental y físico son públicas (o que requieren de un contexto social) para mostrar la imposibilidad de la proyección mental.

O1. Algo que caracteriza a lo físico (o lo que uno percibe) es que, como experiencia, de haber alguien más, no es susceptible de guardarse para uno (para sí). De no haber otras mentes, no podría saber que aquello que veo, oigo, huelo, toco y pruebo es susceptible de ser presenciado por alguien más. He aquí la diferencia entre lo físico y mental.

P1. Uno (yo) no podría saber que lo mental es susceptible de ser guardado para uno (para mí mismo) y que lo físico (o perceptual) es susceptible de ser presenciado por otro, si no hubiera otros (otras mentes). Los conceptos mental y físico sólo son posibles en un contexto social, así que dichos conceptos son públicos.

P2. Por supuesto que ser susceptible de ser presenciado por otros no es una condición suficiente para que un suceso u objeto sea físico (pero sí necesaria): podría ser un sueño o una alucinación. Para que un suceso u objeto sea físico, también es una condición necesaria que este esté en una red de permanencia y continuidad.

D1. Una red de permanencia y continuidad es un conjunto de sucesos y objetos donde hay sucesos y objetos permanentes y donde el cambio ocurre de manera continua en el tiempo y el espacio en los sucesos y objetos permanentes y no permanentes. Aquí, ‘permanente’ no significa ‘absolutamente permanente’ sino ‘relativamente permanente’. Quizá una mejor palabra sea ‘estable’, en lugar de ‘permanente’.

D1′. Una red (o vecindad) de estabilidad y continuidad es un conjunto de sucesos y objetos donde hay sucesos y objetos estables y donde el cambio ocurre de manera continua en el tiempo y el espacio en los sucesos y objetos estables e inestables.

D2. Se dice que un suceso u objeto es físico si y sólo si está en una red de permanencia y continuidad, es susceptible de ser presenciado por alguien permanente (o estable) y cambia de manera continua en el tiempo y el espacio.

D3. Se dice que un suceso u objeto es mental si y sólo si no es permanente o no cambia de manera continua en el tiempo y el espacio, y es susceptible de ser guardado para uno.

N1. Abreviemos ‘ser susceptible de ser presenciado por otros’ por SPO y ‘ser susceptible de ser guardado para uno’ por SGU. ¿SPO ↔ no SGU?

O2. El público con el que se dan las nociones de físico y mental en nuestro mundo es permanente y está en una red de permanencia y continuidad. Decidimos que la verdadera realidad es aquella en que hay permanencia y continuidad, que no es lo que soñamos.

P3. Si el público con el que se dan las nociones de físico y mental fuera una proyección mental de una sola persona (de mí, por ejemplo), entonces dicho público, que es permanente y está en una red de permanencia y continuidad, tendría que ser mental, pero entonces tendría que o ser no permanente o no cambiar de manera continua en el tiempo y el espacio, y ser susceptible de ser guardado para la sola persona que lo proyecta, (para mí, por ejemplo), lo cual es una contradicción. Si el público con el que se dan las nociones de físico y mental fuera una proyección mental de varias mentes, entonces dicho público, que es permanente y está en una red de permanencia y continuidad, no podría ser susceptible de ser guardado para una única mente de las varias que la proyectan, lo cual significaría que dicha proyección no es mental, lo cual es una contradicción ya que supusimos que la proyección era mental.

P4. Otros conceptos son necesariamente públicos. La palabra ‘yo’ se usa para hacer referencia, en una afirmación emitida, puesta en el ámbito público (de varias mentes), al sujeto quien emite dicha afirmación. Para el concepto de yo mental se necesita de otros para la nociones de mental y de yo.

P5. El lenguaje es público. Una palabra tiene dos partes: una parte mental y una física: el concepto y un suceso físico producido por el cuerpo, lo que coloca la palabra en el mundo externo (físico), público y compartido. Un sonido sería normalmente (o un gesto en el caso de los sordomudos, o cualquier otro acto perceptual generado por el cuerpo, un suceso del ámbito público). ¿Por qué dotar a una palabra de una parte física si no ha de ser para comunicar, para colocarla en el ámbito público?

O3. Hagamos un poco de ficción especulativa. ¿Podrían darse los conceptos de físico y mental con un público inestable o uno que cambiara de manera discontinua en el tiempo y el espacio? Si todo fuera inestable y cambiara discontinuamente, aún podríamos dintinguir entre sucesos susceptibles de ser guardados para uno y susceptibles de ser presenciados por otros. Sería como vivir en un sueño permanentemente. No distinguiríamos nuestros sueños de nuestras vigilias. No tendríamos el concepto de sueño o vigilia. Así que una posible noción de mental y de físico sería susceptible de ser guardado para sí y susceptible de ser presenciado por otros, respectivamente. En este mundo ficticio, el solipsismo sería imposible, pues no cabría la duda de que lo que se esté viviendo como real sea sólo sueño, ya que en este mundo ficticio sería imposible tener tal concepto. El argumento solipsista da la impresión de que no hay una distinguibilidad entre el sueño y la vigilia, al igual que en este mundo ficticio, pero en él es imposible el solipsismo: si acaso todo fuera una proyección mental en este mundo, puesto que no hay diferencia entre sueño y vigilia, es decir, puesto que el único criterio sería la SGUidad y la SPOidad, entonces, como cada miembro del público de este mundo con el que se da la noción de mental y físico es presenciado por los demás y por sí mismo, dicha proyección mental no sería tal. Así que ni en nuestro mundo ni en uno puramente onírico, el solipsismo es una postura con sentido.

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Enrique Ruiz Hernández